Trabajo dando asistencia a personas muy mayores que salen de viaje.
En principio cuando uno se va de viaje de placer, espera pasarlo bien, llevarse buenos recuerdos y sobre todo... volver a repetir pronto.
Yo, por desgracia lidio día a día con la cara mala: problemas, enfermedades, robos, hospitalizaciones, caidas, accidentes de todo tipo, e incluso muerte.
Y por eso te endureces, te vuelves un poco roca. Porque después de 8 horas tratando con gente que está mal, que sufre, que se ve perdida en un sitio que no es el de su origen y que no conocen, bregando con problemas y buscando soluciones... es mucha mierda. Y si te llevas la mierda a casa estás jodido. Jodido de verdad. Asi que te creas un escudo, aprendes a volverte indolente y a estar tranquilo y ser resolutivo cuando todo se sale de madre. No puede ser de otra manera.
Hay gente que no vale para esto. Es normal. Hay personas que a los pocos días de empezar el curro abandonan llorando. Tratamos con personas, no con cosas, y por eso a veces todo es mas díficil (y por ende en ocasiones, aunque no siempre, bastante gratificante). Mis abonados son de carne y hueso, no son un coche accidentado o una casa inundada. Mis abonados tienen familia, sienten dolor, quedan impedidos, a veces están muy solos... miles de cosas. Y yo, que llevo ya 5 años en esto, nunca antes, jamás, había llorado.
Pero hoy se me saltaron las lágrimas.
Porque cuando por tercera vez hemos tenido que abortar el traslado medicalizado de una paciente, mientras le explicaba a su esposo que no se podía hacer porque no estaba estable y podía ser peligroso para su salud, él me ha explicado llorando como se sentía teniendo a la mujer con la que lleva años casado, la madre de sus hijos, ingresada desde mayo en una isla canaria, lejos de los suyos, ella con 71 y él, a sus 73, enchufado a una máquina de oxígeno, con la espalda hecha polvo por que el sofa-cama de una habitación de hospital vale para dormir unos días, pero no 3 meses. Y como ningún médico daba un duro por ella y sin embargo allí estaba, desafiando la razón. Y como él estaba convencido de que para cuando su esposa saliera de la isla, sería ya sin vida. Y que no le veía salida al problema. Y que había perdido ya la fe. Y que no le quedaba esperanza ninguna. Y que estaba en tratamiento por la depresión que esto le había causado. Y lloraba. Y seguía hablando. Y me contaba que ni se le había pasado por la cabeza apartarse de su lado ni un sólo segundo, porque desde que se conocieron, todo, absolutamente todo, lo bueno y lo malo, lo habían afrontado juntos. Y que hablaba todos los días por teléfono con su familia, pero se entristecía sabiéndolos en la península y él tan lejos, en un lugar que le era ajeno. Y seguía llorando.
Y la roca, que se supone que es dura, se quedó hecha gravilla.
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Es chungui...
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